Texto de sala para la exposición Axis Mundi, Pelayo50 Gallery, Madrid, 2026.
Ángela Gómez Perea, en Axis Mundi, sitúa su práctica pictórica en un territorio donde la pintura deja de ser únicamente representación para convertirse en experiencia sensorial y espiritual. Su obra no busca narrar acontecimientos concretos ni ilustrar relatos cerrados; propone, más bien, un estado de contemplación en el que el espectador es invitado a atravesar un umbral simbólico entre lo visible y lo invisible.
El eje vertebrador de su propuesta es precisamente ese “eje orgánico” que articula cuerpo y espíritu, exquisitamente representado en las montañas sagradas como símbolo de lo femenino entendido como contenedor de vida, en comunión con la materia y con lo masculino. La referencia a la columna vertebral como canal de energía remite tanto a tradiciones místicas orientales como a concepciones ancestrales del cuerpo concebido como puente entre la tierra y el cielo. En sus composiciones, el trazo no parece responder únicamente a una voluntad formal o técnica, sino a un impulso respiratorio y casi meditativo, cercano al trance, donde la línea adquiere una dimensión vital, como si cada gesto pictórico estuviera guiado por una cadencia interior.
La artista explora los mitos, creencias y rituales del subcontinente indio desde una sensibilidad contemporánea y profundamente intuitiva. Sin recurrir al exotismo ni a la ilustración literal de símbolos sagrados, consigue trasladar al lienzo una atmósfera de resonancia espiritual. Las formas orgánicas, los ritmos cromáticos y la fluidez del trazo evocan un universo en constante transformación, donde lo humano y lo cósmico parecen entrelazarse.
Uno de los aspectos más destacados de la muestra es la capacidad lumínica de las obras. La luz no aparece como un efecto externo, sino como una irradiación interna que emana de la propia materia pictórica. Esa luminosidad actúa casi como una energía expansiva que envuelve al espectador en una experiencia silenciosa y contemplativa. La pintura de Gómez Perea no se impone: se revela lentamente, exigiendo una mirada pausada y receptiva.
En este sentido, su trabajo dialoga con ciertas corrientes de la abstracción espiritual y con prácticas artísticas vinculadas al yoga y a la conciencia corporal. Sin embargo, mantiene una voz propia gracias a la delicadeza con la que articula intuición, gesto y simbolismo. Cada obra funciona como un espacio de tránsito: un lugar donde la materia pictórica se abre hacia dimensiones emocionales y trascendentes.
La exposición propone, en definitiva, una reflexión sobre la conexión entre respiración, cuerpo y memoria ancestral. Más que ofrecer respuestas o relatos definidos, Ángela Gómez Perea construye paisajes interiores que invitan a habitar el silencio y a reconocer, en medio de la imagen, la persistencia de aquello que permanece invisible, pero profundamente vivo.
Begoña Malone





